24 mayo 2006

Sobre la frialdad

No me asustan las carcajadas, ni las amenazas aireadas ni los alaridos de furia. No me impone aquél que viene a mi reencarnado en un animal salvaje para insultarme e intimidarme con sus gritos enloquecidos. Lo que verdaderamente me impone es la frialdad. La frialdad te abre en el alma la boca de un pozo de incertidumbres del cual nunca llegas a vislumbrar el fondo. Por eso te puedes creer cualquier cosa de un tipo que te habla con sosiego, con indiferencia y esa naturalidad diabólica. Te das cuenta de que lo que dice lo tiene perfectamente pensado, premeditado y asumido. Con la misma templanza te puede invitar a tomar un café o informarte de que a las siete va a ir a visitarte a tu casa para romperte el cráneo en dos como si se tratase de una sandía. Y después de eso es capaz de lavarse las manos con la pastilla de jabón aloe vera que compraste la tarde anterior en el hipermercado, ajustarse el nudo de la corbata ante tu espejo con el reflejo de tu cuerpo ensangrentado a las espaldas y salir lentamente por la puerta con una espontánea sonrisa surcándole los labios, recoger a su novia y salir a cenar como si no hubiese ocurrido nada. Ese es el poder que te otorga la frialdad. El poder para matar de mil formas distintas con la misma eficacia que un roedor taladra un agujero perfecto en un pistacho para absorber su interior. Porque al fin y al cabo, también la frialdad te va taladrando el alma con constancia hasta desecarte y dejar una piel arrugada cubriendo una bóveda de vacíos y sombras.



Aïssa López
Sevilla, 24 de Mayo de 2006