La sombra de tus demonios
Para A. L.
Para todos aquellos que son perseguidos por sus propias sombras...
Y te crees que habita un universo de vida en el vasto acantilado que se inclina al borde de tu ser, pero sólo hay un océano de ignorancia y de crueldad. Todo ese tiempo que piensas en él, mientras nadas en la piscina, mientras paseas por las calles céntricas bajo el sol de mayo y las aceras parecen exhalar el humo de unas calderas imposibles ocultas bajo las baldosas, las tuberías y la tierra, más allá de todo lo conocido, y el ardor de los rayos quemándote la piel no consigue derretir ese buque helado que crece en tus orillas interiores, desproporcionada envergadura de frialdad se apodera de tus pensamientos, envenenando con astillas de hielo cada alveolo pulmonar, asfixiandote por la falta de honestidad y de lealtad hacia ti mismo...
Y te crees que eres feliz, pero sólo hay falsedad y engaño en el seno intrínseco de tus emociones, allí donde el enano escultor que vive cobijado en la miseria de tus entrañas va tallando minuto a minuto, sin tregua, un busto a base de mentiras, forjado en la lejanía y la frialdad, en el vértigo a los precipicios y el miedo a las moradas de murciélagos. Aprietas los ojos, miras de soslayo, respiras el aire caliente del mediodía intentando que algo de ese calor humano que inunda las callejuelas se introduzca en tu alma y la reanime... Pero no tienes alma, ni corazón... Hace tiempo que se la prometiste al diablo, en un peligroso pacto donde ambos cedísteis una parte fundamental de vuestro ser.
Sientes la angustia de los celos apoderándose de tu cuerpo: es una serpiente negra como la obsidiana que nace en la boca del estómago y asciende reptando sigilosamente por el esófago, hasta morder tu garganta, clavando espinas de ansiedad por todo el tracto respiratorio, paralizándote, nublando tu mente, enloqueciéndote... Hay un chico con él, lo sabes, y no puedes hacer nada por cambiar la situación, tan sólo debes luchar contra el monstruo de hielo que crece dentro de ti y te susurra a gritos frases malditas. No toleras ese sentimiento celoso, porque pensar en los dos juntos es ver tu propia infidelidad reflejada en ellos, y el descubrimiento de dicha imagen es demasiado doloroso...
Y te crees que la vida se abre paso por la senda que recorres, que los árboles son más verdes que nunca y las flores rotan esbeltas sobre sus tallos para sonreirte... pero no es vida lo que percibes, porque ni siquiera estás vivo. La frialdad de tu desasosiego ha helado tu organismo. Avanzas por un camino de vida, sí, pero no puedes captarla ni saborearla porque todo indicio de vida muere en tu propio corazón. No proyectes en él tu propia mentira. No le critiques por algo que ni siquiera ha hecho y que tú sueñas con hacer cada día.
Y las gafas de sol resbalan por el puente de la nariz, y tus ojos pestañean por las gotas de sudor que se deslizan desde tu frente congelada, y tus piernas tiemblan, y un escalofrío sacude tu espina dorsal, cuando paseas lentamente calle abajo y un perro se detiene a unos metros de ti para observarte, ladrar... y un poco más allá, cuando llegas a un callejón de penumbra espectral te detienes; la foto de tu presencia, cual figura blanca y congelada en medio de aquel pasadizo de voces y tinieblas, se reune con una sombra, tu propia sombra, densa y de ojos negros y brillantes, y ambos os perdéis en el siniestro acantilado que se abre entre la oscuridad impenetrable... tal vez conduzca a esas calderas del infierno que siempre parecen respirar bajo las calles que recorres cada día y que tanto terror provoca en tu alma.
Aïssa López
Sevilla, 11 de Mayo de 2006
Para todos aquellos que son perseguidos por sus propias sombras...
Y te crees que habita un universo de vida en el vasto acantilado que se inclina al borde de tu ser, pero sólo hay un océano de ignorancia y de crueldad. Todo ese tiempo que piensas en él, mientras nadas en la piscina, mientras paseas por las calles céntricas bajo el sol de mayo y las aceras parecen exhalar el humo de unas calderas imposibles ocultas bajo las baldosas, las tuberías y la tierra, más allá de todo lo conocido, y el ardor de los rayos quemándote la piel no consigue derretir ese buque helado que crece en tus orillas interiores, desproporcionada envergadura de frialdad se apodera de tus pensamientos, envenenando con astillas de hielo cada alveolo pulmonar, asfixiandote por la falta de honestidad y de lealtad hacia ti mismo...
Y te crees que eres feliz, pero sólo hay falsedad y engaño en el seno intrínseco de tus emociones, allí donde el enano escultor que vive cobijado en la miseria de tus entrañas va tallando minuto a minuto, sin tregua, un busto a base de mentiras, forjado en la lejanía y la frialdad, en el vértigo a los precipicios y el miedo a las moradas de murciélagos. Aprietas los ojos, miras de soslayo, respiras el aire caliente del mediodía intentando que algo de ese calor humano que inunda las callejuelas se introduzca en tu alma y la reanime... Pero no tienes alma, ni corazón... Hace tiempo que se la prometiste al diablo, en un peligroso pacto donde ambos cedísteis una parte fundamental de vuestro ser.
Sientes la angustia de los celos apoderándose de tu cuerpo: es una serpiente negra como la obsidiana que nace en la boca del estómago y asciende reptando sigilosamente por el esófago, hasta morder tu garganta, clavando espinas de ansiedad por todo el tracto respiratorio, paralizándote, nublando tu mente, enloqueciéndote... Hay un chico con él, lo sabes, y no puedes hacer nada por cambiar la situación, tan sólo debes luchar contra el monstruo de hielo que crece dentro de ti y te susurra a gritos frases malditas. No toleras ese sentimiento celoso, porque pensar en los dos juntos es ver tu propia infidelidad reflejada en ellos, y el descubrimiento de dicha imagen es demasiado doloroso...
Y te crees que la vida se abre paso por la senda que recorres, que los árboles son más verdes que nunca y las flores rotan esbeltas sobre sus tallos para sonreirte... pero no es vida lo que percibes, porque ni siquiera estás vivo. La frialdad de tu desasosiego ha helado tu organismo. Avanzas por un camino de vida, sí, pero no puedes captarla ni saborearla porque todo indicio de vida muere en tu propio corazón. No proyectes en él tu propia mentira. No le critiques por algo que ni siquiera ha hecho y que tú sueñas con hacer cada día.
Y las gafas de sol resbalan por el puente de la nariz, y tus ojos pestañean por las gotas de sudor que se deslizan desde tu frente congelada, y tus piernas tiemblan, y un escalofrío sacude tu espina dorsal, cuando paseas lentamente calle abajo y un perro se detiene a unos metros de ti para observarte, ladrar... y un poco más allá, cuando llegas a un callejón de penumbra espectral te detienes; la foto de tu presencia, cual figura blanca y congelada en medio de aquel pasadizo de voces y tinieblas, se reune con una sombra, tu propia sombra, densa y de ojos negros y brillantes, y ambos os perdéis en el siniestro acantilado que se abre entre la oscuridad impenetrable... tal vez conduzca a esas calderas del infierno que siempre parecen respirar bajo las calles que recorres cada día y que tanto terror provoca en tu alma.
Aïssa López
Sevilla, 11 de Mayo de 2006


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