Traidor de corazones
Lo tenías todo preparado. Le esperabas. A él; a esa otra persona, que apenas conocías. A la noche, murciélago seductor de tus vicios, desde el final de la calle, negra, vacía, solitaria, de húmedo calor, viste venir el coche. A voces mudas le hiciste señas, levantaste el brazo para atraer su atención. Estabas allí, en la puerta, esperándole. Preparaste el incienso, la luz tenue, la penumbra romántica en el salón, las copas, la música latina... Entrásteis en la casa, pero ese acceso no fue como otros anteriores. Algo comenzaba a romperse. ¿Qué podía pasar? ¡Sólo era sexo! Nunca le dirías a aquel deconocido que le amabas, que le querías. Sólo era deseo. Ese terrible enano diabólico que trepa tenaz por los laberintos de tus venas hasta inyectar de veneno tu sistema nervioso. Comenzasteis con unas sonrisas, unas miradas frías pero llenas de vicio. Unas caricias en el cabello, su aliento en el tuyo. Sus ojos lascivos sobre los tuyos. Y de repente, sin pretenderlo, habían pasado más de dos horas y él ya había colocado su cabeza en tu regazo dispuesto a dejarse amar. Querías poseerlo. Y en cada nuevo contacto carnal se te venía la imagen de tu amado a la mente, como una ráfaga intermitente de punzadas escalofriantes. Sabías lo que estabas haciendo. Recogías entre tus brazos otro cuerpo, rozabas con tus dedos otra piel, excitabas otros pezones, respirabas otro perfume desde el cuello...
Te abrazaste a la noche, entregado al cuerpo de otra persona, cerraste los ojos y envenenado por el deseo fuiste el desertor de la confianza, más allá del vientre y en la entrepierna, el ardor penetró en tu espina dorsal como un agresor de la moral. Sabías que allí, en ese momento, se acabaría para siempre la confianza, que la virginidad sentimental que habías mantenido con tu pareja se mancharía de otros olores, de otros besos, de otras sensaciones íntimas, pero lo hiciste.
Hiciste aquello que siempre habías temido en pesadillas. Hiciste aquello que tu corazón te prohibía por amor. Hiciste aquello que creías que nunca llegaría. Y sin embargo, llegó.
No fue mejor ni peor. Fue simplemente otra intima sensación. No fueron mejores sus besos ni más placentera su experiencia. La ansiedad se materializó. Lo habías poseído, desgarrando toda fe depositada en ti. No fue el alcohol, ni el calor ni la noche, pero otros labios se llevaron tu vida. Te arrastraron hasta los pies de la cama, te despojaron de tu ropa y tu fidelidad. Y esos dedos, largos finos, que nunca antes habías visto, se deslizaron hasta las más recónditas zonas de tu cuerpo, donde sólo los dedos de tu novio habían llegado antes.
Le habías destrozado el labio, besándolo, mordiéndolo, casí torturándolo por aquello que hacías, volcando en él, en tu amante, tu ira, tu desconsuelo, la humillación a la que sometías tu corazón. Maldito seas, traidor de corazones, lo hiciste. Diluíste tu honestidad junto con el licor dulzón de tu sable inhiesto por todo su torso. Te dejaste llevar por otra voluntad superficial y malévola. Te vendiste por veinte minutos de placer. Para acabar en los brazos de alguien que no te amaba, ni te podía amar. Y así, el uno sobre el otro, con las emanaciones corporales aún calientes entre cada uno, así, os dejasteis balancear por el sueño... Eran las cuatro de la mañana... la noche había pasado deprisa. Despertásteis minutos después, los cuerpos pegados, los miembros lacios, y de repente, te asustaste, porque no era tu novio a quién abrazabas, ni fueron sus ojos los que te recogían del tierno sueño que se imponía. Te separaste, casi dando un salto hacia atrás, alejándote de todo aquello que te recordaba lo habías hecho, en el lecho que habías formado con tu novio, destruido por tu falsedad. Te tapaste, te encogiste de hombros, retrocediste hasta la pared. Y tu amante comprendió que debía marcharse.
Ni siquiera lo habías acompañado a la puerta. No querías seguir viviendo aquella farsa. Escuchaste la puerta cerrarse. Escuchaste el motor del coche al arrancar, las llantas derrapando en el asfalto, cuesta abajo, el silbido alejándose en el silencio de la noche. Cerraste otra vez los ojos, nuevamente tumbado en el lecho de amor. Agarraste con fuerza las sábanas y lloraste. Y lloraste hasta dejar que el tiempo lo hiciera todo borroso.
Aïssa López
Sevilla, 1 de Mayo de 2006
Te abrazaste a la noche, entregado al cuerpo de otra persona, cerraste los ojos y envenenado por el deseo fuiste el desertor de la confianza, más allá del vientre y en la entrepierna, el ardor penetró en tu espina dorsal como un agresor de la moral. Sabías que allí, en ese momento, se acabaría para siempre la confianza, que la virginidad sentimental que habías mantenido con tu pareja se mancharía de otros olores, de otros besos, de otras sensaciones íntimas, pero lo hiciste.
Hiciste aquello que siempre habías temido en pesadillas. Hiciste aquello que tu corazón te prohibía por amor. Hiciste aquello que creías que nunca llegaría. Y sin embargo, llegó.
No fue mejor ni peor. Fue simplemente otra intima sensación. No fueron mejores sus besos ni más placentera su experiencia. La ansiedad se materializó. Lo habías poseído, desgarrando toda fe depositada en ti. No fue el alcohol, ni el calor ni la noche, pero otros labios se llevaron tu vida. Te arrastraron hasta los pies de la cama, te despojaron de tu ropa y tu fidelidad. Y esos dedos, largos finos, que nunca antes habías visto, se deslizaron hasta las más recónditas zonas de tu cuerpo, donde sólo los dedos de tu novio habían llegado antes.
Le habías destrozado el labio, besándolo, mordiéndolo, casí torturándolo por aquello que hacías, volcando en él, en tu amante, tu ira, tu desconsuelo, la humillación a la que sometías tu corazón. Maldito seas, traidor de corazones, lo hiciste. Diluíste tu honestidad junto con el licor dulzón de tu sable inhiesto por todo su torso. Te dejaste llevar por otra voluntad superficial y malévola. Te vendiste por veinte minutos de placer. Para acabar en los brazos de alguien que no te amaba, ni te podía amar. Y así, el uno sobre el otro, con las emanaciones corporales aún calientes entre cada uno, así, os dejasteis balancear por el sueño... Eran las cuatro de la mañana... la noche había pasado deprisa. Despertásteis minutos después, los cuerpos pegados, los miembros lacios, y de repente, te asustaste, porque no era tu novio a quién abrazabas, ni fueron sus ojos los que te recogían del tierno sueño que se imponía. Te separaste, casi dando un salto hacia atrás, alejándote de todo aquello que te recordaba lo habías hecho, en el lecho que habías formado con tu novio, destruido por tu falsedad. Te tapaste, te encogiste de hombros, retrocediste hasta la pared. Y tu amante comprendió que debía marcharse.
Ni siquiera lo habías acompañado a la puerta. No querías seguir viviendo aquella farsa. Escuchaste la puerta cerrarse. Escuchaste el motor del coche al arrancar, las llantas derrapando en el asfalto, cuesta abajo, el silbido alejándose en el silencio de la noche. Cerraste otra vez los ojos, nuevamente tumbado en el lecho de amor. Agarraste con fuerza las sábanas y lloraste. Y lloraste hasta dejar que el tiempo lo hiciera todo borroso.
Aïssa López
Sevilla, 1 de Mayo de 2006


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