30 mayo 2006

Solo Genis (2)

Tan sutil entra
permanece te marca te deja huella
tan sutil sin percibirlo
desaparece un día
no gran hombre no grandes ideas
sólo esencia y humanidad
no genial inventor de ideas
sólo cuerpo destrozado sin aliento
Tan delicado se une a la salsa de tu vida
la anima le da color sabor sensaciones
tan delicado te abandona justo cuando te enseña a caminar
tú solo en el camino que te ha marcado
no intelecto no mente no frontiers
y tan sólo continuará vivo en tu memoria
sólo esencia y humanidad respiran en tu alma
sólo cuerpo destrozado queda ante tus ojos
Tan importante fue para ti
Tan desvalido y mísero te abandona
en el camino que ha construido con amor para tus pies
no credo no palabras no científico
y sólo su interesante voz te acompaña
por el camino que te toca recorrer
y sólo su sombra llena de inquietudes te persigue
para darte confianza y fuerzas.



Aïssa López
Sevilla, 11-06-03

Solo Genis

En memoria de José María Génis-Gálvez


La nÌtida foto de tu rostro
se torna sepia y descolorida
Ruido tumultuoso arranca el
contraste y la veracidad de su recuerdo
Clavas la mirada a través del papel
esos ojos sabios bajo cejas expresivas
Y una sonrisa de madurez
Y una lágrima de emoción
Contemplar atónito la obra de tu vida
Científico, investigador pionero
Tu vida escurrida tras el microscopio
Tus manos jactas del óleo y la trementina
Contemplar atónito cada pincelada de tus cuadros
Te mereces mención de honor en cada calle y Plaza
y que cada ser viviente te recuerde
Pareces hablarme con tus ojos a traves de la foto
Y es que escribo de nuevo poemas por ti
Tú me regalaste a la vida y me diste coraje
Fuiste mi guía, mi sorpresa y mi revelación
Apostaste por mi y siempre diste tu brazo a torcer
Orma desde el primer dia de tu zapato
Te enamoraste de mi cual efebo griego te sedujera
Derribado ante la belleza temprana de mi cuerpo
Me adoraste y me rendiste culto
Amor hasta la amistad y la dedicación total
Hasta sonreirme lejos de toda pasión
Me amabas con el corazon nítido
y la mirada feroz y convincente de un mago
lleno de Sorpresas
Te contemplo sobre el papel, te recuerdo, te añoro
Y deseo que tu alma venga a mi y me hable
y deseo volver a llorar en tu regazo y que me des
calma y sosiego con tu permanencia en mi ser
Te necesito cerca
Y necesito que me guies.




Aïssa López.
Sevilla, 22 de Julio de 2003.

Rosa y estrella

"Rosa y estrella"


pétalo de rosa y luz
de estrella extinta

como vives para morir
y muriendo me sientes
más vivo que nunca
y sin dejar de sentir
mueres porque sabes
que ni muerto
dejarás de amarme

pétalo de rosa,
luz de estrella extinta

ojala pudiera
detener el tiempo
y hacer de tu muerte
mi propia vida

ojalá pudiera,
rosa y estrella,
detener el tiempo
y hacer que aquel instante
en que mueres
se convierta en mi amor eterno.


Aïssa López
Sevilla, 18 de septiembre de 2001.

Atomos de Delicia (...o el Marketing del Amor)

Atomos de Delicia
(...o el Marketing del Amor)


Para d.
Para Bárbara.
Para la Luz.


Me vanaglorio de haber salvado una generación de nacimientos encadenados, cuyo árbol genealógico tendría su origen hace aproximadamente dos años, cuando Mike, un chico inteligente y superdotado intelectualmente vino a mi mundo una cálida noche de verano, cabizbajo y abatido porque la magia de la relación que había mantenido con su novia se había ido apagando paulatinamente, hasta reducirse a una millonésima y paupérrima llamarada de lo que fuera otrora su amor por ella. Y esa noche, ante la presión de tomar una decisión, le sucumbía la idea de la ruptura definitiva, y vino a mi como un crío desvalido para que le arrojara un poco de luz en el momento final. Yo, que esa noche me sentía inspirado por el cielo despejado y las estrellas que me observaban desde el ignoto pasado prehistórico, desarrollé improvisadamente, y sin pretenderlo, una teoría objetiva sobre las relaciones de amor que deslumbraría a mi joven amigo y provocaría un giro inesperado en la trayectoria de toda su vida. Me refiero, obviamente, a la teoría del Marketing del Amor, esos átomos de delicia.
Esencialmente el gran fallo de todas las relaciones sentimentales consiste en creer que el trofeo ya ha sido ganado. Una de las dos partes amadas, concretamente la seductora, idealiza a su futura novia como la presa a la que ha de dar caza. Sus objetivos, pues, se reducen a hacerse con dicha joya. En ningún momento se plantea el momento después, sólo le importa engatusar a esa joven mujer y atraparla indefinidamente. El problema es que, una vez que el joven seductor articula toda la parafernalia milimétricamente estudiada para impactar y apoderarse de su trofeo tan ansiado, el joven pierde irremediablemente el interés por su joya. El trofeo ha sido capturado y luce a su lado cual cabeza cortada de un bravo toro. En ese momento la heroína, esa chica enamoradiza, joven y guapa, que en ningún momento se había fijado en ese chico, Mike, hasta que un día él había comenzado a provocar encuentros románticos y había despertado su curiosidad con poemas, miradas sugerentes e invitaciones para salir el sábado por la noche, esa chica siente cómo su vida comienza a ser atraída como un imán por el encanto de ese joven atractivo y amable, que la agasaja, la respeta, le da un lugar quizás olvidado en su propia vida y, finalmente, casi la idolatra. Es en ese instante que Bárbara, la chica atiborrada por el encanto apabullante de ese joven seductor, comienza a ver en él una persona especial, cuando ella se abre y se deja observar interiormente, y decide dar el paso de compartir con él todo cuanto posee, siente y piensa. Y ése, ciertamente, es un paso muy importante y meditado para una mujer ¡Y vaya, menuda sorpresa! También es en ese momento crucial, cuando más enamorada y feliz se siente, que comienza a percibir una extrañeza en la relación que tan bonita había sido al principio: algo está cambiando, algo indefinido. Al principio se tapa los ojos, no quiere reconocerlo. Luego no le queda más remedio que aceptar que en efecto su chico ideal parece no ser el mismo, o al menos ciertos detalles que antes parecía tener con ella ahora merman por el descuido de él. Pasan los días, quizás los meses. Y dependiendo de la naturaleza y fortaleza de ambas partes, puede que hasta años. La vida transcurre. Mike, el chico en otro tiempo seductor, se ha vuelto menos interesante e interesado.
A ojos de ella el chico ha ido perdiendo su encanto, ya no es lo que era, se siente quizás olvidada o ignorada o al menos infravalorada. La relación se enfría. La distancia se abre camino entre ellos marcando la inminente ruptura del mundo interpersonal. Bárbara, encandilada aún por las reminiscencias de la seducción del comienzo, resiste y despoja de su mente cualquier idea de abandono. Pero es como volverse a engañar: las cosas no son como eran, ya todo ha cambiado y ella no se siente feliz.
Por su parte, Mike siente que hizo un gran esfuerzo desorbitado por conseguir aquello de lo que se había enamorado día a día, una inversión de noches en vela y días ensimismado en eróticos y bellos pensamientos. Pero se siente también defraudado. Porque después de tanto esfuerzo y dedicación, y ahora que por fin la tiene, no sabe por qué pero ya no es tan intrigante y su vida se ha paralizado de repente: lo ha dado todo, ha puesto en marcha sus mejores tácticas masculinas para atraer a una mujer, se ha lucido como un pavo real, y ha sido admirado y reconocido por ella, pero ahora… ahora ya ha terminado la magia, porque la tiene, la posee, y un nuevo sentimiento lo aborda paulatinamente, como un traidor sigiloso: debe ser para él. Ese deseo de posesión se hace presente, va cobrando fuerza al tiempo que la sutileza y encanto de su propia persona se van esfumando y su actitud hacia ella se hace más y más fría. La ama, o al menos, en lo más profundo de su corazón, sabe que puede seguir todavía enamorado de ella, y por eso mismo no quiere perderla. Pero confunde el ser dueño de su amor, con ser dueño de su persona, y aquí comienzan los problemas.
Las fases siguientes en esta disección de las relaciones sentimentales pasan por un error esencial en la manera de enfocar las cosas. El chico pierde objetividad a toneladas y su mente se turba con el sentimiento de posesión, un sentimiento primitivo y congénito, que transforma su carácter como una larva de monstruo. Ya no es él. Ahora pretende atraer la atención de ella nuevamente, pero no lo hace inteligentemente, porque la semilla de la posesión ha dado su peor fruto: los celos. El muchacho, distorsionado, piensa mal de Bárbara. Quiere retenerla a veces incluso contra la voluntad de ella. Desea llamar su atención, pero optando por un sistema enfermizo: se hace la víctima, vuelca en ella su propio desbordamiento interior, provoca discusiones en ocasiones absurdas, sobrevalora detalles insignificantes haciendo de ellos una montaña de pesares, y cualquier error de ella lo magnifica para demostrarle que es inferior a él, y que, de alguna manera, depende de él hasta para su propia supervivencia. La humilla sin saberlo, porque no es él, es una marioneta descontrolada de los celos, el aburrimiento, el hastío.
La dejadez y el relax han llevado a esta relación hasta este estado de declive. El primer fallo por parte de él: ahora que tengo lo que deseaba, me relajo. Y en el amor, nunca jamás puede uno bajar la guardia y relajarse. El amor es una lucha constante, y nunca hay vencedor ni vencido. El amor precisa de diarias dotes de inteligencia para animar la relación. Y jamás hay que perder el norte: respetar el concepto de libertad y los derechos primordiales y constitucionales de la otra media naranja.
El amor es como un ser vivo que necesita cuidados regulares. Pero más exactamente, el amor es una complejísima herramienta y la relación de pareja es el producto resultante de una intrincada tela de araña tejida con dicha herramienta. Así que como producto precisa de una promoción, de una estrategia de marketing para que tenga éxito comercial. Debemos ver a nuestra pareja como el cliente final, y ser conscientes de la competencia, y de que muchos otros individuos intentarán atraer la atención de ese consumidor nato con sugerentes propuestas y productos sentimentales más sofisticados. Por ello mismo, durante el transcurso de la vida útil del producto sentimental, debemos plantear una estrategia regular que haga atractivo y suculento nuestro propio producto.
El ser humano está hecho de fantasía y le gusta soñar. Debemos despertar la imaginación y el interés de nuestra pareja mediante originales técnicas de seducción. Pero también el ser humano se aburre con facilidad. Por ello mismo debemos evitar la saciedad. Con el hastío languidece la relación y todo se torna gris. Bonus si brevis, bisbonus. Todos los productos necesitan ser rediseñados cada cierto tiempo, para adaptarlos al momento que acontece y sean así compatibles. Así pues, también nuestra relación precisa de rediseños relativamente constantes. Quien desea amar, debe trabajar para ello. El amor requiere grandes dosis de originalidad para deslumbrar siempre a nuestra pareja. Diseñaremos cada aspecto de la relación a medida, pero sin que la otra persona se percate de nuestros nuevos objetivos. La inserción debe ser suave, los cambios bruscos no son recomendables. Y para que el nuevo producto tenga éxito en nuestro mercado de sentimientos, debemos antes conocer y analizar a nuestra pareja. Sólo con la observación detenida de nuestro amante obtendremos datos suficientes para elaborar el nuevo producto: un enfoque distinto de la relación en el momento justo, hará que el aburrimiento remita, la intriga se haga patente y la magia retorne. Conocer a nuestra pareja es una obligación.
Con cada estrategia meticulosamente estudiada casi podremos prever las reacciones de nuestro cliente amado. Aunque a veces la aleatoriedad y variedad de procesos químicos que intervienen en la mente de una persona es desbordante, y por ello mismo debemos estar preparados, elaborando un sistema interactivo de estímulos predeterminados. La construcción de dicho sistema requiere gran destreza psicológica, ya que consiste en agrupar cuatro o cinco factores estimulantes efectivos en la otra persona. Controlándonos, podremos aplicar más cantidad de cada uno de ellos o restarle efectividad a otros, dependiendo de la situación y de lo que necesitemos conseguir.
La misma destreza psicológica se precisa para saber acertar en los comentarios. El marketing efectivo es aquel que le da al público lo que el público demanda. Debes saber lo que necesita tu pareja, y proporcionárselo. Y en ello, es más útil el envoltorio que el contenido. Contrariamente a lo que comúnmente se piensa, a veces, más que demostrar que se ama, se necesita aparentarlo.
La apariencia: esa gran máscara que tantas sensaciones mueve y tanto éxito proporciona. El amor bruto no es digerible y por ello debemos darle forma: ponerle un lazo de fiesta, decorarlo con unas flores secas, distribuirlo en una caja curiosa como parte del packaging ideado. El ser humano se ha deformado por la manipulación de los poderes fácticos y la expansión de los centros comerciales. Su espíritu actual es un espíritu de consumo, y se ha habituado al diseño hasta en su mínima expresión. Da igual que un abogado sea nefasto y no resuelva ningún caso, si tiene un despacho grande y una campaña de imagen infalible, será el mejor, porque la gente admira la apariencia del éxito, no estrictamente el triunfo de esa persona. Y esa es la idea: promoción.
Promocionar una noche mágica, una cena romántica, una sorpresa programada… da igual que la noche sea como la de cualquier otro día, la cena corriente y la sorpresa algo insignificante, porque la ilusión se habrá creado a partir de esa estrategia de promoción, y se habrá conseguido una vez más alimentar a la relación.
…Y decir, por ejemplo, te amo. No basta con amar concienzudamente cada día, hay que decirlo con regularidad, expresar con palabras lo que haces sentir. Asimismo también hay que percatarse de qué cosas no se deben decir. Porque en efecto existen cosas que nunca jamás se deben preguntar, o comentar. Aunque nos veamos obligados a cambiar ligeramente la versión de un hecho, o a soltar una mentira piadosa, cualquier recurso será válido para evitar decir eso que no debemos. Hay preguntas que nunca deben realizarse, y confesiones que se deben ocultar. La sinceridad es fundamental pero como todo hay que administrarla con sagacidad. Un exceso de sinceridad puede provocar dolor involuntariamente y arruinar la salida al mercado de nuestro producto rediseñado. Y a Mike le sucedió también algo de eso en su relación con Bárbara. Comenzó a hacer uso indiscriminado de su sinceridad para provocar una reacción en ella, una respuesta. Huir de la horrible monotonía es saber aplicar la sinceridad y evitar las repeticiones, y saber cuándo callar.
Escuchar: el silencio es valioso, es como el corte en negro de tres segundos en una película, te ofrece un respiro, una efímera desconexión, un desahogo. Se agradece un poco de silencio, es la manera ideal de escuchar a la otra persona, haciéndola sentir que de verdad te interesas por ella.
Mike escuchó con detenimiento la teoría de los Átomos de Delicia y a partir de esa noche comenzó a ver a su novia como una persona en primer lugar, llena de derechos y necesidades básicas, y no como el objeto de deseo y posesión que creía que era. Y es que cuando Mike quiso abrir los ojos, vio por primera vez un mundo lleno de misterios y encantos en Bárbara. Cuando alguien quiere ver, descubre que la vida está llena de maravillas que siempre estuvieron allí. Mike comenzó por darle sus momentos de privacidad a su novia, y a fomentar su intimidad y sus instantes de silencio tan agradecidos, para que así recuperara la fe en si misma, y se preocupara de su persona, de elevar su autoestima. Y un día, sin más, le dijo: hoy estás bellísima. Se planteó la relación como un reto que debía afrontar cada día, pero al enfocarla de manera creativa, le pareció un reto satisfactorio ya que además de comprobar el brotar de la felicidad extinta en ella, él mismo aprendió a beneficiarse de esa obra de ingeniería sentimental y comenzó a sentirse lleno de vida.
El Marketing del Amor puede sonar a frivolidad, si bien es cierto que es una manera de analizar objetivamente la relación de Mike con Bárbara, que es el prototipo de relación estándar. Aquella cálida noche de verano, cuando ese chico joven e inteligente vino a mi a pedirme consejo, le dije que no se engañara: es tarea del corazón engendrar amor y generar energía, pero la gestión sentimental debe ser llevada a cabo por la mente. Controlando y estableciendo un justo equilibrio entre ambos se conseguirá una relación brillante. Y es que al final todos debemos ser analistas de mercado, y comprender, como dijeran los protagonistas de Blue Velvet al final del filme, que el amor es otro mundo.

24 mayo 2006

Sobre la frialdad

No me asustan las carcajadas, ni las amenazas aireadas ni los alaridos de furia. No me impone aquél que viene a mi reencarnado en un animal salvaje para insultarme e intimidarme con sus gritos enloquecidos. Lo que verdaderamente me impone es la frialdad. La frialdad te abre en el alma la boca de un pozo de incertidumbres del cual nunca llegas a vislumbrar el fondo. Por eso te puedes creer cualquier cosa de un tipo que te habla con sosiego, con indiferencia y esa naturalidad diabólica. Te das cuenta de que lo que dice lo tiene perfectamente pensado, premeditado y asumido. Con la misma templanza te puede invitar a tomar un café o informarte de que a las siete va a ir a visitarte a tu casa para romperte el cráneo en dos como si se tratase de una sandía. Y después de eso es capaz de lavarse las manos con la pastilla de jabón aloe vera que compraste la tarde anterior en el hipermercado, ajustarse el nudo de la corbata ante tu espejo con el reflejo de tu cuerpo ensangrentado a las espaldas y salir lentamente por la puerta con una espontánea sonrisa surcándole los labios, recoger a su novia y salir a cenar como si no hubiese ocurrido nada. Ese es el poder que te otorga la frialdad. El poder para matar de mil formas distintas con la misma eficacia que un roedor taladra un agujero perfecto en un pistacho para absorber su interior. Porque al fin y al cabo, también la frialdad te va taladrando el alma con constancia hasta desecarte y dejar una piel arrugada cubriendo una bóveda de vacíos y sombras.



Aïssa López
Sevilla, 24 de Mayo de 2006

11 mayo 2006

La sombra de tus demonios

Para A. L.
Para todos aquellos que son perseguidos por sus propias sombras...



Y te crees que habita un universo de vida en el vasto acantilado que se inclina al borde de tu ser, pero sólo hay un océano de ignorancia y de crueldad. Todo ese tiempo que piensas en él, mientras nadas en la piscina, mientras paseas por las calles céntricas bajo el sol de mayo y las aceras parecen exhalar el humo de unas calderas imposibles ocultas bajo las baldosas, las tuberías y la tierra, más allá de todo lo conocido, y el ardor de los rayos quemándote la piel no consigue derretir ese buque helado que crece en tus orillas interiores, desproporcionada envergadura de frialdad se apodera de tus pensamientos, envenenando con astillas de hielo cada alveolo pulmonar, asfixiandote por la falta de honestidad y de lealtad hacia ti mismo...

Y te crees que eres feliz, pero sólo hay falsedad y engaño en el seno intrínseco de tus emociones, allí donde el enano escultor que vive cobijado en la miseria de tus entrañas va tallando minuto a minuto, sin tregua, un busto a base de mentiras, forjado en la lejanía y la frialdad, en el vértigo a los precipicios y el miedo a las moradas de murciélagos. Aprietas los ojos, miras de soslayo, respiras el aire caliente del mediodía intentando que algo de ese calor humano que inunda las callejuelas se introduzca en tu alma y la reanime... Pero no tienes alma, ni corazón... Hace tiempo que se la prometiste al diablo, en un peligroso pacto donde ambos cedísteis una parte fundamental de vuestro ser.
Sientes la angustia de los celos apoderándose de tu cuerpo: es una serpiente negra como la obsidiana que nace en la boca del estómago y asciende reptando sigilosamente por el esófago, hasta morder tu garganta, clavando espinas de ansiedad por todo el tracto respiratorio, paralizándote, nublando tu mente, enloqueciéndote... Hay un chico con él, lo sabes, y no puedes hacer nada por cambiar la situación, tan sólo debes luchar contra el monstruo de hielo que crece dentro de ti y te susurra a gritos frases malditas. No toleras ese sentimiento celoso, porque pensar en los dos juntos es ver tu propia infidelidad reflejada en ellos, y el descubrimiento de dicha imagen es demasiado doloroso...

Y te crees que la vida se abre paso por la senda que recorres, que los árboles son más verdes que nunca y las flores rotan esbeltas sobre sus tallos para sonreirte... pero no es vida lo que percibes, porque ni siquiera estás vivo. La frialdad de tu desasosiego ha helado tu organismo. Avanzas por un camino de vida, sí, pero no puedes captarla ni saborearla porque todo indicio de vida muere en tu propio corazón. No proyectes en él tu propia mentira. No le critiques por algo que ni siquiera ha hecho y que tú sueñas con hacer cada día.

Y las gafas de sol resbalan por el puente de la nariz, y tus ojos pestañean por las gotas de sudor que se deslizan desde tu frente congelada, y tus piernas tiemblan, y un escalofrío sacude tu espina dorsal, cuando paseas lentamente calle abajo y un perro se detiene a unos metros de ti para observarte, ladrar... y un poco más allá, cuando llegas a un callejón de penumbra espectral te detienes; la foto de tu presencia, cual figura blanca y congelada en medio de aquel pasadizo de voces y tinieblas, se reune con una sombra, tu propia sombra, densa y de ojos negros y brillantes, y ambos os perdéis en el siniestro acantilado que se abre entre la oscuridad impenetrable... tal vez conduzca a esas calderas del infierno que siempre parecen respirar bajo las calles que recorres cada día y que tanto terror provoca en tu alma.



Aïssa López
Sevilla, 11 de Mayo de 2006

07 mayo 2006

De la vida petrificada

Para E. Z. C.


Retumba la música abajo; suena lejana, llena de ecos, de mensajes; el ritmo me arrastra en un torbellino de sensaciones y resbalo por el ojo del huracán hacia el fondo, negro, palpitante, indefinible y mientras caigo, o asciendo a esa otro dimensión, al son del ritmo martilleante, pienso en mi vida que también ha sido absorbida por un torbellino dejándome llena de tormentos, de pequeñas frustraciones cual naipes ya idos acumulados en una torre de babel petrificando mi existencia en un muro de hormigón insondable de acero gris y frío, un muro de vacío, mucho vacío...

Y mientras el ritmo me enloquece yo bebo de la copa de vino dejandome llevar, por las burbujas, por la música, sueño, recuerdo y añoro más de veinte años atrás cuando paseaba con una amiga en la vereda del parque y en el paso atravesado y medio muerto de barro y piedras yerto un pajarillo caído y su imagen de alas rotas y su pico entreabierto en un halo de agonía pareció mirarme y en sus negras pupilas el dolor la impotencia la vida que no te pertenece...

Y mientras escucho la música, cuesta abajo por el ojo del huracán, la imagen del pajarillo parece el reflejo de mi propia alma en este espejo pardo que ahora me rodea, mi vida parece pertenecer a toda la mecánica del sistema menos a mi misma y pienso, cayendo absorta por el torbellino, impulsada por el alcohol que bulle en mis venas, sueño en una aventura y un príncipe azul, de la pasión cual depredador atrapa a su presa que entre fornidos brazos un alma llena de curiosidad, de vitalidad y de riesgo, devuelva a mi propia alma el sentido que lleva perdido el príncipe azul, sin rostro ni nombre, que me de fuerzas para romper el muro y retorcer el acero, que me libre del mundanal ruido, que me impulse lejos y me libre del huracán del torbellino de sentimientos que me arranca de mis entrañas el dolor, las risas, el brillo de las pupilas y la chispa de mis ilusiones...

Que beba de mis labios como yo bebo ahora del cáliz de vino que embriaga mi mente, soñando, bebiendo, gritando...

Quizás si grito muy fuerte hacia mis adentros, tan fuerte como para romper mi pecho, y aprieto los ojos hasta la saciedad consiga ver mi mundo interior puede entonces que irradie tanta energía que me transforme en estrella y en el firmamento alguien contemple la supernova y acuda en mi ayuda...

Puede ser... Cualquier cosa para escapar de esta vida petrificada, de los barrotes de carne y hueso de mi cuerpo donde mi corazón agoniza, de este mundo sistemático que siento que no me pertenece.

Puede ser... ojalá caiga dentro del huracán y llegue al fondo de una vez.



Sevilla,
3 de Noviembre de 2005

01 mayo 2006

La Sentencia

Através del interminable corredor. Paredes grises, metálicas, repletas de manchas de óxido. Una bombilla cuelga del techo, balanceándose, con una legión de mosquitos pegados contra el cristal. Las ratas se refugian en los oscuros agujeros. Cucarachas en las fisuras.
Avanzan através de ese frío corredor. Llegan al final. El ruido al abrir una puerta enorme, de acero y hormigón, rompe el silencio monótono. Una oleada de aire fétido le sacude el cutis.
En la nueva sala, hombres y mujeres gritan y se regocijan con el inminente espectáculo, tras rejas salpicadas de sangre. Lo trasladan hasta un elevador eléctrico, cuyo suelo está resbaladizo, lleno de visceras. Sangre por todas partes y cráneos aplastados. El individuo mira a su alrededor, se contrae ante las voces inquietas de los espectadores. Un verdugo con la cabeza embozada acciona una palanca cilíndrica y el elevador asciende.
La sala es titánica con la cresta del techo pentagonal. Unos focos de luz obnubilante bañan los rostros famélicos de los espectadores, y un cañón luminoso sostiene a la víctima a la vista de todos. Las voces initeliligibles son ensordecedoras. La presa sigue subiendo, observando abajo a los guardianes: altos, fornidos, caras cubiertas por máscaras negras y cuellos con armaduras punzantes. Los espectadores del sacrificio sacan sus manos através de las rejas sucias de restos humanos. Los guardianes se protegen con lanzas cortantes en sus dos extremos. El elevador se detiene. La estridencia ha sido molesta para sus oídos. Allí, tan arriba, la muchadumbre parece ante sus ojos un multitud de luciérnagas, y sus voces, resonancias de murmullos, resollos y clamor carnívoros.
La víctima está ensimismada; no se mueve. Un silbido de acople acústico y una voz cibernética que dice:
-Delito: salto de un indicador de "STOP" en la salida de la autopista F030. Decisión del Jurado: Sentencia de muerte.
Gritos de satisfacción. La misma voz:
-Adelante. Nuestro pueblo tiene hambre. La democracia se abre camino.
El suelo del elevador se disfraza de luz azul y descargas eléctricas son proyectadas. La víctima se contra el por dolor que ello le causa. Su rostro sufre espasmos, su alma atraviesa su cuerpo. Se acerca al borde del elevador. Cientos de metros le separan de los espectadores. Abajo, los verdugos comienzan a dispararle flechas con sus arcos. Una le roza, otra le corta un hombro. Se desliza cada vez más hacia el borde. Otra flecha se clava en su pierna izquierda. Los espectadores están ansiosos, con los ojos desencajados, las bocas abiertas, sedientas.
Una última descarga eléctrica lo expulsa del elevador. La víctima cae al vacío. Los guardianes le observan friamente. Los verdugos se delitan con el espectáculo. Choca contra el suelo. El impacto produce un sonido de ruptura. El cuerpo de la víctima se ha reventado. En los últimos segundos, agoniza. Olor a carne fresca.
Un verdugo acciona otra palanca. Un ruido grave resonante y un chirrido muy agudo. Las rejas se abren y una legión de espectadores sale, con gran alboroto, volcándose sobre el cadáver. Gruñidos, voces bestiales. Destrozan el cuerpo en cuestión de segundos.
La misma voz de antes, ordena:
-El siguiente.



Aïssa López
Sevilla, 1994

El vagabundo

Los pajarillos desde las copas de los árboles ven caer una carta al suelo; confundida entre las hojas secas del otoño, alguien la ha dejado caer como una pluma.

Más adelante no hay nadie; incluso atrás o en el horizonte no se ve nada.

Bajo una espesa capa roja camina, con un lento arrastrar de pies, tumefactos y rotos, suspirando sin nostalgia alguna por las horas muertas que se han ido, olvidando a cada paso aquella o esta otra vida que le aportara menos sufrimiento.

Los últimos reflejos que se esconden bajo esa capa son los de una piel arrugada sobre finos huesos, los de unasbarbas de canas erizadas, los de unos ojos cansados que se apagan...

Regresa a la ciudad para ser humillado por los hombres, tras haber conversado serenamente con los árboles...

Más arriba de las copas de los árboles, donde los pajarillos observan ya cómo se guarda las últimas limosnas. mucho más arriba aún, donde los sonidos y los olores se deshacen entre las frías nubes invernales, del vagabundo sólo se encuentra un diminuto punto rojo.

Y un poco más arriba aún, más allá de los cielos, ni siquiera se recuerda.


Aïssa López
Sevilla, 1994

La muerte del muchacho

En nuestra mente se formarán telarañas negras como el ataúd del difunto, donde se mantendrán intactos los recuerdos, surgidos en un solo instante y para toda la eternidad, de una juventud que se ha consumido, de alguien que se ha ido para no volver jamás.

La muerte se manifiesta de repente y nos roba con violencia un suspiro de nuestro ser, una prolongación de aquello que seríamos.

Dolidos, recurrimos a conversaciones banales y a divertimentos triviales, para olvidar el desagradable fallo de su destino.

El fallo que le ha costado su propia vida. Preciado niño, el diablo te ha vedado el derecho a vivir, aun siendo muy joven.

Y tus familiares, destrozados avivan un sentimiento profundo mientras te evaporas, en tu fiesta sin colores, en tu sepulcro sin sonidos.

Viste tu rostro de bondad, oculta bajo esa virtud tu triste dolor, para que nadie más sufra al verte. Al ver cuán enantador era el muchacho que fuiste y dejó de ser.

¡Espiritu querido, alma consagrada, asciende a los cielos, vuela, recuerdo desecho, cuerpo perdido, belleza extinguida, vuela, pero no nos abandones... aunque seas un angel incinerado, no nos olvides...!


Aïssa López
Sevilla, 1994

Traidor de corazones

Lo tenías todo preparado. Le esperabas. A él; a esa otra persona, que apenas conocías. A la noche, murciélago seductor de tus vicios, desde el final de la calle, negra, vacía, solitaria, de húmedo calor, viste venir el coche. A voces mudas le hiciste señas, levantaste el brazo para atraer su atención. Estabas allí, en la puerta, esperándole. Preparaste el incienso, la luz tenue, la penumbra romántica en el salón, las copas, la música latina... Entrásteis en la casa, pero ese acceso no fue como otros anteriores. Algo comenzaba a romperse. ¿Qué podía pasar? ¡Sólo era sexo! Nunca le dirías a aquel deconocido que le amabas, que le querías. Sólo era deseo. Ese terrible enano diabólico que trepa tenaz por los laberintos de tus venas hasta inyectar de veneno tu sistema nervioso. Comenzasteis con unas sonrisas, unas miradas frías pero llenas de vicio. Unas caricias en el cabello, su aliento en el tuyo. Sus ojos lascivos sobre los tuyos. Y de repente, sin pretenderlo, habían pasado más de dos horas y él ya había colocado su cabeza en tu regazo dispuesto a dejarse amar. Querías poseerlo. Y en cada nuevo contacto carnal se te venía la imagen de tu amado a la mente, como una ráfaga intermitente de punzadas escalofriantes. Sabías lo que estabas haciendo. Recogías entre tus brazos otro cuerpo, rozabas con tus dedos otra piel, excitabas otros pezones, respirabas otro perfume desde el cuello...
Te abrazaste a la noche, entregado al cuerpo de otra persona, cerraste los ojos y envenenado por el deseo fuiste el desertor de la confianza, más allá del vientre y en la entrepierna, el ardor penetró en tu espina dorsal como un agresor de la moral. Sabías que allí, en ese momento, se acabaría para siempre la confianza, que la virginidad sentimental que habías mantenido con tu pareja se mancharía de otros olores, de otros besos, de otras sensaciones íntimas, pero lo hiciste.
Hiciste aquello que siempre habías temido en pesadillas. Hiciste aquello que tu corazón te prohibía por amor. Hiciste aquello que creías que nunca llegaría. Y sin embargo, llegó.
No fue mejor ni peor. Fue simplemente otra intima sensación. No fueron mejores sus besos ni más placentera su experiencia. La ansiedad se materializó. Lo habías poseído, desgarrando toda fe depositada en ti. No fue el alcohol, ni el calor ni la noche, pero otros labios se llevaron tu vida. Te arrastraron hasta los pies de la cama, te despojaron de tu ropa y tu fidelidad. Y esos dedos, largos finos, que nunca antes habías visto, se deslizaron hasta las más recónditas zonas de tu cuerpo, donde sólo los dedos de tu novio habían llegado antes.
Le habías destrozado el labio, besándolo, mordiéndolo, casí torturándolo por aquello que hacías, volcando en él, en tu amante, tu ira, tu desconsuelo, la humillación a la que sometías tu corazón. Maldito seas, traidor de corazones, lo hiciste. Diluíste tu honestidad junto con el licor dulzón de tu sable inhiesto por todo su torso. Te dejaste llevar por otra voluntad superficial y malévola. Te vendiste por veinte minutos de placer. Para acabar en los brazos de alguien que no te amaba, ni te podía amar. Y así, el uno sobre el otro, con las emanaciones corporales aún calientes entre cada uno, así, os dejasteis balancear por el sueño... Eran las cuatro de la mañana... la noche había pasado deprisa. Despertásteis minutos después, los cuerpos pegados, los miembros lacios, y de repente, te asustaste, porque no era tu novio a quién abrazabas, ni fueron sus ojos los que te recogían del tierno sueño que se imponía. Te separaste, casi dando un salto hacia atrás, alejándote de todo aquello que te recordaba lo habías hecho, en el lecho que habías formado con tu novio, destruido por tu falsedad. Te tapaste, te encogiste de hombros, retrocediste hasta la pared. Y tu amante comprendió que debía marcharse.
Ni siquiera lo habías acompañado a la puerta. No querías seguir viviendo aquella farsa. Escuchaste la puerta cerrarse. Escuchaste el motor del coche al arrancar, las llantas derrapando en el asfalto, cuesta abajo, el silbido alejándose en el silencio de la noche. Cerraste otra vez los ojos, nuevamente tumbado en el lecho de amor. Agarraste con fuerza las sábanas y lloraste. Y lloraste hasta dejar que el tiempo lo hiciera todo borroso.


Aïssa López
Sevilla, 1 de Mayo de 2006